#crónicasdesdelacuarentena: ‘Dolor y Gloria’ o la reconciliación de un director por el cine

Tardé en verla, pero como se llega a decir, la película (o el libro ideal) te llega en el momento en que te tiene que llegar, y eso sucedió con «Dolor y Gloria» (Pedro Almodóvar, 2019), que representó a España en Cannes y los Óscares y de la que Antonio Banderas salió con el galardón de mejor actor en el festival francés.

Escrita y dirigida por el director manchego, esta película se centra en la vida de Salvador Mallo (una especie de alter ego cinematográfico de Almodóvar, cuyo nombre llega a ser un anagrama de su apellido, y quien es encarnado por Banderas), que se encuentra envuelto en una serie de males físicos y mentales que lo llevan a abandonar la escritura y la dirección.

En medio de esos momentos decide revisitar una de sus películas más famosas (“Sabor”), en la que terminó peleado con el protagonista, Alberto Crespo (Asier Etxeandia), actor yonqui cuya adicción por la heroína provocó el enojo entre ambos.

El reencuentro de ambos remueve en Mallo un pasado que se remonta a su infancia, cuando vivía con sus padres en las cuevas de Paterna y pasaba sus tiempos libres leyendo, coleccionando cromos de actores y enseñando a escribir a Eduardo (César Vicente), su primera atracción sexual.

Narrada por medio de flashbacks y acciones en el presente, “Dolor y Gloria” introduce al espectador en el mundo de los dolores físicos y emocionales de Mallo y cómo lucha con una reciente adicción a la heroína, droga que lo alejó de Federico (Leonardo Sbaraglia), su gran amor.

Antonio Banderas y Leonardo Sbaraglia narran una historia de amor entre sus personajes en “Dolor y Gloria”.

En la relación de amor y odio entre Mallo y Antonio surge la posibilidad de que el actor realice un monólogo teatral escrito por el director, llamado “Adicción” y que narra lo vivido por él y el amor de su vida. Esto provoca una nueva llegada a la vida del cineasta.

Gracias a este monólogo se da un reencuentro entre Mallo y Federico, que le da nuevos bríos al deprimido y avejentado director, quien decide,gracias a este y otro encuentro, reconciliarse con la vida y su trayectoria cinematográfica.

La cinta tiene todos los elementos del cine de Almodóvar, una paleta de colores estridente, referencias al arte y a la vida del cineasta y la presencia de dos actores que han sido trascendentales en su filmografía, Banderas y Penélope Cruz (Jacinta, madre de Salvador, en su juventud), y si bien no es, desde mi punto de vista, la mejor película del manchego, supera, con mucho trabajos anteriores, como “Los Amantes Pasajeros” (2013).

Penélope Cruz interpreta a Jacinta, madre de Salvador Mallo en su juventud.

Destaca, en el monólogo cedido a Antonio, lo que es el amor-odio del director hacia Madrid, ciudad en la que participó de la llamada “Movida Madrileña”, además de recordarnos los fetichismos artísticos de su filmografía, como el tequila y Chavela Vargas.

A quien extrañé en esta película por su fallecimiento fue a Chus Lampreave, quien tenía todo lo que se necesitaba para encarnar a Jacinta en su madurez y que en esta ocasión fue interpretada por Julieta Serrano.

Es una cinta que no llega a los alcances de “Todo Sobre mi Madre” (1999) o “Hable con Ella” (2002), pero debe ser vista por los fans de Almodóvar. Le doy cuatro estrellas de cinco.

Está disponible en plataformas como Apple, Google y YouTube.

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